limón caduco

escribo

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Sabes lo que ocurre. Eso me asusta. Tengo el cigarro en la boca y el poema en la nuca del ahora. Acecho las esquinas por miedo a morir de amplitud. Los vértices no entienden de ausencias y las ausencias se mascan en pretérito; presentes. Agacho mis ojos al sol de tu lunar en el pecho, que me trae, que me agarra, que me espera. Paseo el día con la magnitud de lo inexistente, con el pie suponiendo. Pero todo lo que ocurre ocurre sin permiso del ocurrir, como dibujándose en su propia falta, y con beso en la boca como de regalo. Te quiero comer las tetas, pero con dulzura, pero con-tigo, pero los enemigos me acarician el cuello y hace tiempo que asombro a las casualidades. Esta es mi candidatura a tu vientre. Esta es mi guillotina inversa con tendencia a la erección (sólo si estás). Esta es mi montaña de playas vacías en aquellos párpados de capricho estético (!). Y nada más. Sí, algo más: Mi polla entra en ti con la misma irreverencia que mata a los ciervos y que asusta a los malos. Nos gusta tanto que seguimos con ello…

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4,8.

Esta silla de mimbre que se balancea por desdén, este café tú desnuda y yo mirando(te), esta madriguera de fumadores activos. Esta manera que tienes de pausarme cuando nada ocurre y yo frecuento órbitas estelares dañinas. Este Peter Pan que se corrió en el vientre de Wendy…y que la ama. ¿Quién eres? Enemiga del tiempo y constructora de relojes; esta oruga que me sube por la espalda. Nubes que parecen obra de pintores barrocos (no sabría nombrar, soy muy poco leído en esto), blancas como nieves, y los siete enanos me oyen y lloran. Esta persiana que cierra mis ojos y los transporta, esta ginebra que hace que mi letra tiemble. Guapa tú­-vo que ser aquella que me cambió el alma por un trocito de ausencia.

Crack

Siento el frío de la superficie, siento el azul del horizonte, siento el cielo de lo eterno. Sí, vamos a follar ahora y luego seguiré con esto.
Hablar de poesía con las manos sucias de sexo. Hablar de poesía con la lengua agonizando clítoris y alrededores. Hablarte de poesía sin esperar más que gemidos, que ha sido nuestra conversación nocturna y nuestro desatino de Ilíada. Hablar con mi erección de tu culo y sentirme simple, único, agonizante. Ablar de haches con la primera, ausente. Sí, hablar de historias inventadas para ablandar la rudeza de esos rostros. Sí, sí, hablar de Sandra o de Esther o de Lucía, sí, negar a Marta, sí, nuestro desatino de Ilíada. Hablar de agujas que imprimen tinta en mis piernas, dudosas respuestas que acuden a dudosas preguntas, en un juego como de persiana y galaxia. Sí, de persiana y galaxia, Wendy. Hablar de esa amiga, esa Milena, ese novio, ese Néstor, sí, son parte de mí, me pertenece el amor que les improviso (ahora les pertenece a ellos). Hablar de música y Mozart en la tumba, y Max Roach en la tumba, y Krahe, y yo diciendo tonterías junto a tus mejillas tímidas pero pretenciosas. Beso. Y el café que me endurece los pelillos del bigote y que sirve como excusa para comprobar la poética de la terraza de Mia, esa terraza que combate la ausencia de palomas y sirve los mejores carajillos del barrio, con sonrisa inevitable. Y ese protomúsico rumano que nos toca la de siempre. Espera, tengo sueño, voy a dormirme de nuevo.

Parte de

Ves la muerte con los ojos de la mosca; te asustas por tonto, por envidia divina. Las palomas siguen cagando, igual, sobre los hombros del policía. Yo anhelo los mismos labios que anhelaba cuando tenía trece años u ochenta, y lloro sobre la golondrina. No es afecto, es cubismo emocional, señor Mountebank. Y aunque no me entiendan yo sigo caminando, con las pestaña como drosera capensis y la postura desgarbada.

Coherente como yo

Las esquinas lloran sobre la tremenda manta del rostro desfigurado, que apoya su mandíbula contra la pared quieta. Ceres acaricia mi espectacular polla y la abarca con su mirada de cedro. Los ojos de ella emanan de mi vientre, y vierten lágrimas de oro en el cielo. ¿Carolina? Cocaína en el pecho del Señor Mountebank: “Gran pájaro abre pico para comer línea; horizonte en tabique.” “Tengo ganas de matar a mamá…” Sí, evidente como el vacío y coherente como yo.

Chinaeva

Soy una oscura intuición de la violinista alcohólica que comparte piso con su gato y acaricia paredes con mi desorden. Los hombres de sábado hunden la cama y más tarde -menos borrachos- renuncian a ella. Violinista rusa, tú renunciaste al amor para comprender el sexo mientras ellos metían su polla en tu escultura. La Piedad, madre de alma, desconoces tus contornos en mis manos de hombre. Escucho las cuerdas romperse contra tu insidiosa melodía; la eyaculación no me comprende.

Carpo fue a pasear sobre la arena de la Playa

Hubo un tiempo, aunque sería incapaz de clarificarte la duración de este periodo -puede incluso que continúe-, en el que caminé descalzo sobre aquella partitura de cristales rotos. Inmediatamente después, con los pies abiertos, contraje la insidiosa manía de dedicarme a pisar sapos. Una bella manía que condujo a que, inevitablemente, tuvieran que amputarme ambas piernas a la altura de la rodilla. Esto me dio un halo como de golondrina que con el tiempo me permitió alzar el vuelo en las noches más oscuras. Y de aquí derivó que yo desarrollase la habilidad tan etérea de observar los prados y los grandes edificios.

Semilla de Ababol

Dirijo mi mirada a los horizontes de los que no espero respuesta, y allí encuentro mi calma, mi belleza, en las sombras suaves que proyecta un Sol que jamás existe. Puedo ver distintas tonalidades de materia, probablemente fingida, probablemente siquiera imaginada. No me pierdo en la búsqueda de nada; simplemente caigo en las profundidades de estéticas invisibles. Abandono mis ojos para ser la mirada y me clavo en aquellos infinitos desestructuradísimos, como una lluvia de alfileres que nunca pretende serlo.

Lloró el Agave sobre los fríos anaqueles de mi geometría. Mi bosque de cuerpos tiritantes, mi podrida agenda de visitas; esta certeza mía de no ser que me permite sobrevivir al horario. Oscurece, pero la noche no es opaca y no son opacos mis ojos y la piel se me torna más sensible que bajo esa luz de apariencias. El cielo apoya su incomprensible contorno sobre la palma de mi mano, que recibe la limosna del poeta.

No debería asistir al banquete; mi tripa está llena de caramelos, cuchillas e individuos indecentes puestos hasta el hipotálamo de ginebra y jarabe.

 

Prosopagnosia

¿Quién es ese hombre que se está haciendo pasar por mi? ¿Por qué todo el mundo cree que realmente soy yo? Estoy profundamente dolido. Soy una persona en esencia simple, no hago mal a nadie con mi aburrido canto; merezco, mínimo, ser yo. No me hace ninguna gracia que un completo desconocido me sise los contornos. Y tengo que decirlo, tiene un culo flaquísimo, en serio, mi culo no es así.

Bueno, no pienso levantarme, estoy muy dormido. Si quiere hacerse pasar por mí que lo haga. De veras, le cedo a ese marica mi vida; le cedo mi casa, mi ausencia de dinero, mi alcoholismo, la caja de cerillas, mi eyaculación precoz, mi podrida relación con Marta, la máquina de escribir…, yo que sé, todo. Yo ya no soy yo. Ahora Yo es ese tipo tan feo. En serio hijos de puta, le podéis atribuir hasta esto.

Extracto de “Placeres e inconsistencias”

 

Nos hiende el cielo en su caída infinita, tratando de afilar nuestros contornos a migajas de albor y de ocaso. Miramos las hormigas en el suelo, y sentimos cómo todavía nos atraviesa la narcosis. Vuelvo a cerrar los ojos.

El sugestivo canto de la cafetera me remolca macilento hasta la cocina, donde ella prepara el desayuno descalza. El café huele cojonudo y algo palmotea en la sartén. Nunca hablábamos recién despertados. Me enciendo un cigarro.